Cuando hablamos de mujeres sin hogar solemos hablar de vivienda, empleo, pobreza o violencia. Pero hay otra parte de esta realidad de la que quizá hablamos menos: qué ocurre cuando la falta de recursos también condiciona las decisiones que una mujer toma sobre su propio cuerpo.
El cuerpo de las mujeres está presente en muchos mercados. Cosmética, tratamientos estéticos, prostitución, reproducción asistida… Son realidades muy diferentes y no sería justo meterlas todas en el mismo saco. Pero hay algo que las conecta: en algún momento, el cuerpo, sus capacidades o determinadas características adquieren un valor económico.
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Qué pasa cuando quien tiene que tomar una decisión sobre su cuerpo también está intentando sobrevivir?
Cuando no tener casa también limita las opciones
No es lo mismo decidir desde una situación de estabilidad que hacerlo cuando no tienes una vivienda, ingresos suficientes o una red de apoyo.
Para una mujer en situación de sinhogarismo, muchas decisiones cotidianas están atravesadas por la necesidad. Encontrar dónde dormir, conseguir dinero, mantener un trabajo o acceder a determinados recursos puede convertirse en una carrera de obstáculos.
Esto no quiere decir que las mujeres sin hogar no tengan capacidad de decisión. Todo lo contrario.
Significa que, si queremos hablar de autonomía, también tenemos que hablar de las condiciones que hacen posible ejercerla.
Porque una decisión puede ser voluntaria y, al mismo tiempo, estar condicionada por la falta de alternativas.
Prostitución, trata y explotación no son lo mismo
La prostitución es probablemente uno de los ejemplos que primero aparecen cuando hablamos de poner precio al cuerpo.
Según el Macroestudio sobre trata, explotación sexual y prostitución de mujeres, elaborado por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género en 2024, en España habría 114.576 mujeres en situación de prostitución. El estudio analizó más de 650.000 datos procedentes de páginas web de prostitución.
Pero aquí es importante hacer una distinción: prostitución, explotación sexual y trata no son sinónimos.
Una mujer que ejerce la prostitución no es necesariamente víctima de trata. La trata implica determinadas formas de captación, traslado o acogida mediante engaño, violencia, abuso de una situación de vulnerabilidad u otros medios, con fines de explotación.
Los datos del Ministerio del Interior muestran que la trata y la explotación sexual siguen existiendo en España. Durante 2025, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado liberaron a 1.869 víctimas de trata y explotación sexual o laboral, entre ellas 28 menores. De ellas, 374 fueron identificadas como víctimas de redes de trata con fines de explotación sexual y otras 397 como víctimas de explotación sexual sin que se pudiera demostrar la existencia de una red de trata.
Estos datos no nos permiten decir que las mujeres sin hogar estén necesariamente relacionadas con la prostitución. Tampoco que prostitución y sinhogarismo sean la misma realidad.
Pero sí nos permiten hacernos una pregunta:
¿Qué ocurre cuando la falta de vivienda y de recursos hace que las alternativas sean cada vez menos?
Cuando el cuerpo se convierte en un recurso
La vulnerabilidad no siempre aparece en forma de violencia evidente. A veces está en algo mucho más sencillo: no tener dónde ir.
Cuando faltan ingresos, una vivienda estable o alguien a quien pedir ayuda, conseguir recursos se convierte en una prioridad inmediata.
Y en ese contexto, el cuerpo también puede acabar siendo un recurso.
Por eso, cuando hablamos de autonomía, quizá no basta con preguntar si una mujer ha dicho que sí.
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué alternativas tenía?
¿Qué información tenía?
¿Qué riesgos estaba asumiendo?
¿Qué necesitaba conseguir?
¿Podía realmente decir que no?
Son preguntas especialmente importantes cuando hablamos de mujeres que viven situaciones de pobreza y sinhogarismo.
También existe un mercado alrededor de la reproducción
La reproducción asistida abre otro debate, diferente, pero relacionado con esta cuestión.
En España, la Ley 14/2006 establece que la donación de gametos debe ser gratuita, formal y confidencial. La compensación económica que pueda existir está destinada a cubrir las molestias físicas y los gastos derivados de la donación, y no puede convertirse en un incentivo económico.
Por tanto, legalmente no estamos hablando de una compraventa de óvulos.
Pero el dinero sigue formando parte de la decisión.
Donar óvulos implica medicación hormonal, controles médicos y una extracción mediante punción ovárica. También puede conllevar efectos secundarios y complicaciones.
No se trata de decir que las mujeres que donan sus óvulos estén siendo explotadas. Se trata de hacernos otra pregunta:
¿Qué peso tiene la necesidad económica cuando una mujer decide qué hacer con su cuerpo?
Y aquí volvemos al sinhogarismo.
No porque todas las mujeres sin hogar estén donando óvulos, ejerciendo la prostitución o tomando decisiones de este tipo.
Sino porque su situación nos obliga a hablar de algo que muchas veces olvidamos: las condiciones materiales desde las que tomamos nuestras decisiones.
El cuerpo también se vende como imagen
Y esto tampoco empieza ni termina en la prostitución o la reproducción asistida.
Hay toda una industria alrededor de cómo se supone que debe ser el cuerpo de una mujer: cosmética, cirugía estética, tratamientos, cabello, piel, uñas…
Muchas de estas decisiones forman parte de la libertad individual y no tienen nada que ver con la explotación.
Pero vivimos rodeadas de mensajes sobre cómo deberíamos vernos, qué deberíamos cambiar y qué cuerpos son considerados deseables.
Y cuando a esa presión le sumamos pobreza, discriminación o falta de vivienda, las desigualdades se acumulan.
Para una mujer sin hogar, incluso la apariencia puede convertirse en una barrera. Para encontrar trabajo. Para entrar en determinados espacios. Para evitar prejuicios. Para que la primera impresión no pese más que su propia historia.
Entonces, ¿qué significa realmente elegir?
Quizá hablamos mucho de decisiones y muy poco de todo lo que hay detrás de ellas.
El consentimiento importa. La libertad importa. Poder decidir sobre el propio cuerpo es un derecho.
Pero para que esa libertad sea real también hacen falta alternativas.
No parte del mismo lugar una mujer que tiene una vivienda, ingresos, una red de apoyo y acceso a recursos que otra que no sabe dónde va a dormir esa noche.
Por eso, hablar de mujeres sin hogar también es hablar de autonomía.
De poder decidir.
De poder decir que no.
De no tener que poner el cuerpo para conseguir aquello que debería estar garantizado por derecho.
No se trata de afirmar que todo lo relacionado con el cuerpo de las mujeres sea explotación. Ni de convertir a todas las mujeres sin hogar en víctimas.
Se trata de mirar un poco más allá de la decisión final y preguntarnos qué había detrás.
¿Cuánta libertad tenemos para elegir cuando apenas tenemos alternativas?
Garantizar la autonomía de las mujeres sin hogar también significa garantizar las condiciones que permiten ejercerla: una vivienda, ingresos, protección frente a la violencia, acceso a derechos y oportunidades reales para elegir.
Porque hablar del cuerpo de las mujeres es hablar de quién decide sobre él.
Pero también de algo más básico:
si realmente somos libres para decidir cuando no tenemos otra opción.







